Moda
Entre el tapete y la alberca hay un método que no cambia. El aquapilates lleva los ejercicios del pilates al medio acuático, y de ese traslado nacen las diferencias que conviene conocer antes de elegir clase.
En ambos escenarios la lógica es la misma: respirar con intención, moverse con precisión y activar el “powerhouse”, nombre que recibe el centro del cuerpo.
La ciencia también encuentra puntos de encuentro. Un estudio de 2016 siguió a 40 mujeres que practicaron una de las dos modalidades durante dos años, dos veces por semana. Todas mejoraron su capacidad aeróbica, su resistencia muscular y su equilibrio.

Donde el tapete lleva ventaja es en los detalles. El pilates en suelo mostró mejores resultados en composición corporal, flexibilidad y resistencia abdominal, algo que los investigadores atribuyen a que la gravedad, que trabaja a favor del músculo, se siente menos en el agua.
Pero el agua tiene sus propios argumentos. Es un entrenamiento de bajo impacto, y el soporte de la alberca permite movimientos que en tierra resultarían complicados. Si el tapete exige más de lo que toleran tus rodillas, tu espalda o una lesión reciente, el aquapilates abre la puerta a quienes no podrían practicar el método tradicional.

También hay una diferencia práctica: para el aquapilates basta con lo que llevarías a un día de natación, mientras que variantes como el Reformer requieren aparatos especiales. Y sumas un extra, porque la combinación de agua y movimientos controlados se asocia con una reducción del estrés.
La elección depende de lo que busques. Si quieres ganar flexibilidad y definición abdominal, el tapete parece la apuesta más sólida. Si prefieres entrenar sin impacto o darle un giro refrescante a tu rutina, la alberca es el plan.