Moda
La estética Regencycore ha devuelto el romanticismo de época al centro de la conversación de moda, pero hay otra pieza histórica que merece atención: el corsé escultural. Lejos de limitarse a evocar vestidos de corte imperio o siluetas románticas, hoy se presenta como una estructura artística capaz de transformar la forma de una prenda y convertir el cuerpo en parte de una composición visual.
Su historia se remonta al siglo XVI, cuando los corpiños estructurados, conocidos como pair of bodies, se utilizaban para sostener el torso y definir la silueta. Con varillas de ballena, madera y otros materiales rígidos, estas piezas buscaban imponer el ideal corporal de cada época mediante un sistema de cordones que ajustaba el busto. Durante los siglos XVII y XVIII, su estructura contribuía a crear torsos alargados y cónicos, fundamentales en la arquitectura de los vestidos de las cortes europeas.
Con el paso del tiempo, el corsé dejó de ser únicamente una estructura interior. Su evolución también refleja los cambios en la relación entre moda, cuerpo e identidad: de símbolo de las convenciones estéticas a una prenda visible que cuestiona sus propias reglas.
De la restricción a la expresión creativa
La transformación decisiva llegó durante la segunda mitad del siglo XX. En los años setenta, las subculturas punk y alternativas recuperaron el corsé como una forma de desafiar las normas sociales y estéticas. Más tarde, diseñadores como Vivienne Westwood y Jean Paul Gaultier lo incorporaron al exterior de sus creaciones durante las décadas de los ochenta y noventa. Madonna y otras figuras de la cultura pop contribuyeron a consolidarlo como un emblema de sensualidad, identidad y libertad de expresión.
Este cambio también modificó la manera de entender la relación entre el cuerpo y la ropa. El corsé dejó de ser exclusivamente una herramienta para moldear la figura según los ideales de belleza de cada época y comenzó a utilizarse para cuestionarlos. Su estructura, antes oculta bajo capas de tela, se convirtió en un elemento visible del diseño, capaz de comunicar fuerza, vulnerabilidad y una nueva concepción de la feminidad.
En las pasarelas, esta evolución abrió la puerta a interpretaciones que van más allá de la silueta tradicional. Los diseñadores comenzaron a experimentar con proporciones, materiales y volúmenes, transformando el corsé en una pieza autónoma que no necesariamente busca reducir la cintura o ajustarse a un canon corporal. En su lugar, puede ampliar el torso, alterar las proporciones o generar formas inesperadas, acercándose al lenguaje de la escultura contemporánea.
En la moda actual, esa herencia convive con una aproximación más experimental, en la que la estructura importa tanto como los materiales y el proceso de construcción. La atención se desplaza hacia la manera en que una pieza se sostiene, adquiere volumen y dialoga con el movimiento del cuerpo. Así, el corsé escultural deja de ser únicamente una referencia histórica para convertirse en un espacio de investigación creativa, donde la técnica de la confección se encuentra con la expresión artística.
Cuando el corsé se convierte en escultura
Para el otoño-invierno 2026-2027, Issey Miyake explora esta idea con URUSHI BODY, una serie de bustiers y corsés inspirados en el obi, el cinturón tradicional del kimono japonés. Fragmentos de papel washi se superponen manualmente sobre moldes impresos en 3D en Echizen, en la prefectura de Fukui, y después se recubren con varias capas de laca en Kioto. El resultado combina firmeza, brillo delicado y una investigación material que retoma los experimentos del diseñador en la serie BODYWORKS, iniciada en los años ochenta.
Schiaparelli, bajo la dirección creativa de Daniel Roseberry, también reinterpreta el corsé mediante volúmenes que redefinen la silueta, mientras que Alaïa ha explorado estructuras internas capaces de transformar el diseño de vestidos escotados.
En una dirección más cercana a la escultura clásica, Giuseppe Di Morabito ha convertido el corsé en una de sus señas de identidad, con referencias a grandes maestros como Antonio Canova. Institution, de Galib Gassanoff, y Lorenzo Seghezzi llevan esta experimentación hacia formas aún más radicales.
*IMAGEN: Getty Images