París volvió a confirmar su vínculo especial con Simon Porte Jacquemus en una presentación que fue mucho más que un desfile. Con Le Palmier, el diseñador francés transformó el Museo Picasso en un escenario donde archivo, emoción y moda dialogaron con naturalidad. Ocho años después de su primer show en este espacio, Jacquemus regresó al lugar que marcó un punto de inflexión en su carrera para construir una narrativa donde el pasado y el presente se entrelazan con precisión poética.
La colección se desplegó como un homenaje múltiple. Por un lado, al universo artístico de Pablo Picasso y a la figura de su hija Paloma, icono de estilo y musa cultural. Por otro, a la historia personal del propio diseñador, que volvió a situar a su familia en el centro del relato. En una industria acostumbrada al espectáculo constante, Jacquemus apostó por la emoción sincera como verdadero motor creativo.

El momento más comentado del desfile llegó con el look final. Inspirado en el icónico retrato de Paloma Picasso fotografiada por Helmut Newton en 1973, la silueta reinterpretó aquella imagen desde una sensibilidad contemporánea. Un gesto elegante que no buscó la copia literal, sino la traducción emocional. Moda y arte se encontraron en una conversación visual que cerró el desfile con fuerza simbólica.
Le Palmier evitó cualquier solemnidad excesiva. El humor y la teatralidad fueron claves en la puesta en escena. Peinados en forma de palmera, volúmenes exagerados y referencias a distintas décadas construyeron un universo lúdico y reconocible. Las siluetas femeninas apostaron por faldas tubo, volantes y hombros definidos, mientras que la ausencia de pantalones reforzó una feminidad consciente y provocadora. En la propuesta masculina, el equilibrio entre sastrería clásica y actitud relajada aportó ligereza al conjunto.
El front row también contó su propia historia. Entre celebridades internacionales y figuras de la industria, destacó la presencia de Manu Ríos como representante español de una nueva generación vinculada a la moda global. Sin embargo, el momento más emotivo fue protagonizado por Liline, la abuela del diseñador. Convertida ya en embajadora de la firma, su presencia recordó que detrás de cada colección existe un relato humano que sostiene el éxito.
Jacquemus volvió a demostrar que su fortaleza reside en convertir la moda en memoria compartida. Le Palmier no solo celebró el arte y los iconos del pasado, también reafirmó una visión donde la creatividad nace de lo íntimo. En París, la pasarela se transformó en un espacio de afecto, juego y cultura, confirmando que la moda más poderosa es aquella que se siente cercana.
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