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La noche del 23 al 24 de junio suele contarse desde su lado más festivo: las hogueras, los baños de medianoche, los deseos escritos en un papel o las reuniones alrededor del fuego. Sin embargo, detrás de esos gestos que muchas personas repiten cada año casi de forma intuitiva, existe una dimensión simbólica mucho más profunda. San Juan no es solo una celebración popular vinculada al solsticio de verano; es también una noche de tránsito, una frontera entre lo que se deja atrás y aquello que empieza a tomar forma.
Desde esa mirada, Ana Lorente, coach laboral, especialista en PNL, astróloga y fundadora de Muy Ciela, propone entender la noche de San Juan no como una fiesta, sino como un rito de paso. Una fecha en la que el fuego, el agua y la intención funcionan como símbolos de limpieza, cierre y comienzo. “San Juan no se piensa, se hace. Es una de las pocas noches del año en que el cuerpo recuerda antes que la cabeza”, explica Ana. Una idea que invita a mirar esta noche desde otro lugar: como una oportunidad para parar, revisar qué queremos dejar atrás y preguntarnos qué queremos encender en la segunda mitad del año.

“San Juan no se piensa, se hace. Es una de las pocas noches del año en que el cuerpo recuerda antes que la cabeza”
Muchas personas participan cada año en las tradiciones de San Juan sin detenerse demasiado en su significado. Saltar una hoguera, entrar en el mar de madrugada, escribir algo en un papel y quemarlo o recoger hierbas a medianoche son gestos que han llegado hasta hoy como parte de una celebración popular, pero que en origen estaban vinculados a ideas mucho más profundas: purificar, agradecer, soltar y marcar un nuevo comienzo.
“El fuego de San Juan no es solo purificador, es consagrador. Lo que quemas se va, pero lo que nombras delante de la llama, se enciende contigo”, explica Ana Lorente. Desde esta mirada, la noche funciona como una invitación simbólica a hacer balance, revisar prioridades y poner intención en aquello que queremos sostener durante la segunda mitad del año.
Para Ana, la fuerza de San Juan tiene que ver precisamente con esa memoria colectiva que sigue activa aunque muchas veces no sepamos explicarla. Por eso, no resulta extraño que alrededor de esta fecha aparezcan ganas de salir, de estar cerca del fuego, de mirar el mar o incluso de sentirse más removida emocionalmente. “Saltamos hogueras desde hace miles de años. Aunque nuestra mente lo haya olvidado, nuestro linaje no”, señala.

“Es la noche más corta del año, pero también la frontera. El último instante en que el sol está en su trono antes de empezar a bajar. Y nosotras bajamos con él”, añade Ana. Una forma de recordar que San Juan no habla solo de celebración, sino también de escucha, cierre y transición.
No hace falta estar en la playa, saltar una hoguera o desplazarse a un lugar concreto para vivir la noche de San Juan con intención. Ana Lorente recuerda que “lo que importa no es el escenario, es la presencia”. Una vela, un papel, agua con sal o unos minutos de silencio pueden ser suficientes para convertir esta fecha en un pequeño gesto de pausa y claridad.
Encender una vela blanca o amarilla, escribir en tres papeles distintos aquello que se quiere soltar, agradecer y encender, lavar con agua y sal las muñecas, la nuca o el pecho, recoger una hierba aromática como romero, lavanda o salvia, vestir algo rojo o dejar el teléfono a un lado durante unos minutos son algunas formas sencillas de conectar con el sentido simbólico de la noche. Más que seguir un ritual perfecto, se trata de crear un espacio propio para nombrar aquello que pesa, reconocer lo que ya ha tenido lugar y poner intención en lo que empieza.
Desde Muy Ciela, Ana Lorente propone acercarse a San Juan desde una espiritualidad más práctica, humana y conectada con la vida real. Una forma de entender los rituales no como superstición ni como promesas mágicas, sino como herramientas simbólicas para escucharse mejor, cerrar etapas y atravesar los cambios con más presencia.
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*Imágenes: Pexels y cortesía