Simone Rocha regresó al Old Bailey, el histórico tribunal penal de Londres, para presentar por tercera ocasión allí su colección de primavera. Esta vez, la diseñadora apostó por una propuesta más pura y concentrada, dejando atrás una construcción basada en grandes narrativas para enfocarse en una sola referencia: el redescubrimiento de The Taking of Christ de Caravaggio en 1990.

La pintura, que había permanecido durante más de 50 años en el comedor de una casa jesuita en Dublín sin que se reconociera su verdadera autoría, se convirtió en el punto de partida para una colección construida sobre contrastes. Lo cotidiano adquirió una dimensión extraordinaria, mientras que la intimidad se transformó en algo destinado a ser observado.

Entre Caravaggio y lo cotidiano

Modelo con un abrigo estructurado azul marino con detalles de encaje negro en el escote, falda abullonada de tul negro y guantes de piel.
La colección combina la sastrería utilitaria con la estética romántica oscura de volúmenes dramáticos, foto: Isidore Montag.

La influencia de la pintura apareció de manera sutil a través de una paleta y unas texturas cargadas de dramatismo. Un vestido de terciopelo azul inspirado en Caravaggio convivió con un abrigo de piel negro de cintura baja y una chaqueta de cuero en tonos naturales.

Uno de los elementos más reconocibles de la colección fueron los escotes ornamentados con rosas elaboradas a mano, que enmarcaron diferentes siluetas. Los vestidos de seda organza, por su parte, fueron reconstruidos para caer sobre el cuerpo de manera irregular, como si una intervención inesperada hubiera alterado su estructura.

Siluetas que envuelven el cuerpo

Modelo portando una blusa abombada con estampado floral suave, una falda corta negra con volumen y un llamativo lazo rojo de lentejuelas
Los accesorios exagerados y las texturas brillantes reinterpretan los códigos clásicos de la feminidad con un toque subversivo, foto: Isidore Montag.

Entre las piezas más llamativas aparecieron estructuras de tafeta que envolvían la cabeza y creaban formas de capullo, algunas extendiéndose hasta las piernas y otras terminando sobre prendas de punto con estampado argyle. Estas siluetas evocaban mantos y hábitos, reforzando la dimensión casi ceremonial de la propuesta.

En contraste, vestidos de línea trapezoidal terminados con boas introdujeron movimiento y ligereza. La colección también llevó esa tensión entre lo extraordinario y lo cotidiano al outerwear, con una chaqueta Harrington escarlata decorada con rosas en el cuello y anoraks de apariencia utilitaria cuyo ajuste podía modificarse mediante paneles de Velcro adornados con alfileres.

Una nueva forma de ornamentar

Modelo luciendo un vestido midi con tirantes finos en tono marrón brillante, cubierto de aplicaciones texturizadas y silueta abullonada
Las siluetas esculturales con acabados metálicos y texturas ricas cierran una propuesta magistral de la diseñadora, foto: Isidore Montag.

La colección alcanzó uno de sus momentos más especiales con una serie de vestidos de tafeta de gran volumen, realizados en tonos caqui, lila y negro e intervenidos con hilos metálicos ultrafinos.

La diseñadora redujo algunos de sus códigos decorativos habituales para concentrarse en la construcción, el tacto y la transformación de cada prenda. Una colección donde cada silueta parece haber sido tocada, empujada y moldeada hasta encontrar su propia forma.