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Fue la residencia de un Bonaparte, conserva estancias protegidas como Monument Historique y guarda más de 130 años de historia entre sus paredes. Hoy, convertido en Shangri-La Paris, este hotel Palace de París permite descubrir una forma de lujo que va mucho más allá de una habitación de cinco estrellas.
Mucho más que cinco estrellas
Hay hoteles cuya historia necesita una placa y otros en los que todo se percibe nada más atravesar la puerta. El Shangri-La de París pertenece claramente a la segunda categoría. La escalera monumental, los salones, los techos, las proporciones del edificio… No hace falta conocer su pasado para entender que este lugar existía mucho antes de convertirse en hotel de Gran Lujo.

Y no hablamos simplemente de un cinco estrellas. Shangri-La Paris ostenta la distinción Palace, una categoría oficial francesa reservada a un reducido grupo de hoteles excepcionales. Para concederla se valoran, además de los estándares de servicio, aspectos como la ubicación, la arquitectura, el patrimonio, la gastronomía o la capacidad de ofrecer una experiencia singular. En este caso, para empezar a entender qué lo hace especial hay que retroceder hasta finales del siglo XIX.
Antes del Shangri-La, está Roland
En 1891, el príncipe Roland Bonaparte compra casi 3.000 metros cuadrados de terreno en uno de los barrios más elegantes de París y encarga la construcción de su residencia. El proyecto necesita cuatro años para hacerse realidad, entre 1892 y 1896.

El apellido inevitablemente llama la atención, pero Roland es bastante más que el sobrino nieto de Napoleón. Explorador, geógrafo y botánico, preside la Société de Géographie y llega a reunir uno de los mayores herbarios privados del mundo, con más de 2,5 millones de especímenes. Su biblioteca ronda los 200.000 volúmenes (seis kilómetros de estanterías) y su residencia se convierte en punto de encuentro de la élite científica, artística e intelectual de París.

Aquí crece también su hija Marie. Desde su dormitorio contempla una incorporación entonces revolucionaria al paisaje parisino: la recién estrenada Torre Eiffel. Más de 130 años después, esa misma vista sigue siendo una de las grandes razones para querer dormir en esta dirección.
Cuatro años para devolverle la vida
Una restauración casi arqueológica
Cuando Shangri-La adquiere el edificio en 2006, convertir una residencia del siglo XIX en un hotel del XXI exige, paradójicamente, mirar hacia atrás. La restauración, dirigida por el arquitecto Richard Martinet junto al interiorista Pierre-Yves Rochon, dura otros cuatro años: exactamente el mismo tiempo que necesita el palacio para construirse.

Y el proceso tiene algo de arqueología. Los suelos originales se numeran y retiran tabla a tabla antes de ser restaurados y recolocados; las vidrieras se desmontan cuidadosamente para volver a ensamblarlas y los artesanos especializados trabajan sobre mármoles, dorados y elementos originales.
Los tesoros que seguían allí
Las obras reservan además alguna sorpresa. Al retirar un falso techo aparece una espectacular estructura de cristal y acero que permanece escondida durante décadas. Y bajo varias capas de laca azul eléctrica salen a la luz los paneles de caoba tallada que Roland Bonaparte encarga originalmente para su Salle à Manger.

En 2009, las zonas históricas más importantes quedan protegidas como Monument Historique: la fachada, la entrada de hierro forjado, los vestíbulos, la galería, la escalera de honor, los salones y los antiguos apartamentos privados del príncipe.
El resultado no intenta hacer que un hotel nuevo parezca antiguo. Hace algo bastante más difícil: permitir que una residencia histórica siga viva sin renunciar a funcionar como uno de los grandes hoteles contemporáneos de París.
Dormir frente a París
Mi Junior Suite Paris View tiene salón y dormitorio independientes, un baño amplio y pequeños balcones desde los que la Torre Eiffel parece formar parte de la habitación. Y las vistas son, sin duda, uno de los grandes argumentos del hotel: el 40% de sus habitaciones y el 60% de sus suites miran hacia la torre y el Sena, mientras casi la mitad cuentan con balcón privado.

Pero un Palace se juega buena parte de su categoría precisamente en aquello que no aparece en las fotografías. En mi habitación me espera una enorme cesta de fruta tropical porque el equipo conoce mis preferencias. El check-in llega acompañado de una copa de champán y el servicio mantiene durante toda la estancia ese equilibrio tan difícil entre estar siempre presente y no hacerse notar demasiado.

Es un lujo más silencioso: menos preocupado por demostrar y más por anticipar. Y para quienes quieran llevar literalmente la historia hasta la habitación, L’Appartement Prince Bonaparte ocupa los antiguos aposentos privados de Roland. Son 275 metros cuadrados, con techos de hasta cinco metros, molduras doradas y carpinterías originales. Es, además, la única suite del hotel que forma parte de la protección como Monument Historique.

De las caballerizas a una piscina extraordinaria
Hay un lugar en el hotel donde ese diálogo entre pasado y presente resulta especialmente inesperado: el spa. Parte de las antiguas caballerizas de Roland Bonaparte alberga hoy una piscina interior de 17 por 6 metros, rodeada de grandes ventanales que la inundan de luz natural y abierta hacia una terraza exterior de 94 metros cuadrados.

A primera vista, quizá parezca simplemente una piscina bonita. Hasta que recuerdas que estás en pleno París. Encontrar aquí semejante sensación de amplitud, silencio y luz natural es un lujo en sí mismo y convierte al spa en uno de esos lugares para los que merece la pena reservar tiempo durante la estancia. Venir hasta aquí y no meterse en esa piscina debería estar, como mínimo, ligeramente penalizado.
La casa de Roland vuelve a sentarse a la mesa
Maison Roland, espíritu de maison parisina
El nombre de Bonaparte tampoco queda relegado a una placa junto a la escalera. Una de las incorporaciones recientes del hotel es Maison Roland, concebida como una maison habitée en los jardines del Palace: manteles blancos, porcelana Gien, platería y una carta que recupera el espíritu del gran bistró parisino sin convertirlo en una pieza de museo.

La sole meunière es exquisita. Aunque mi gran sorpresa llega con el postre: una copa de fresas con frozen yogurt capaz de conseguir algo bastante excepcional en mi caso, que pida postre y, además, me alegre muchísimo de haberlo hecho.

El desayuno como ritual
Por la mañana, el ritual continúa. Buffet y carta conviven sin prisas entre una preciosa vajilla, mucha luz y ese tipo de servicio que consigue que la primera comida del día deje de ser un trámite antes de salir a recorrer París. Mi tortilla soufflé de claras resulta tan buena que al día siguiente ni siquiera intento ser original: vuelvo a pedir exactamente la misma.

La nueva propuesta de desayuno lleva ahora el concepto todavía más lejos con platos preparados à la minute, desde omelette de bogavante hasta huevos revueltos con trufa o huevos con caviar. Y existe una opción para quienes consideren que las ocho de la mañana no son demasiado pronto para empezar a celebrar: la Roland Bonaparte Suggestion, caviar Baeri de La Maison Nordique acompañado de Louis Roederer Blanc de Blancs Vintage 2019. Desayunar, definitivamente, también puede ser un acontecimiento.
París, con alma asiática
Reducir Shangri-La Paris a una preciosa cápsula de historia francesa sería, sin embargo, perderse la otra mitad de su personalidad. La residencia es parisina; la hospitalidad conserva el ADN asiático de Shangri-La.

Ese encuentro se percibe incluso a primera hora del día. Junto al desayuno francés aparece una propuesta tradicional china con congee, dim sum, youtiao y leche de soja. Y encuentra su máxima expresión gastronómica en Shang Palace, que desde 2011 lleva la alta cocina china al corazón del hotel.

Hasta Le Bar Botaniste vuelve a conectar pasado y presente. Su concepto rinde homenaje a la pasión de Roland Bonaparte por la botánica y la traslada a uno de esos bares íntimos y discretos que parecen existir a espaldas del París más evidente. La historia aquí no se conserva bajo una vitrina. Se sigue utilizando.
El nuevo capítulo: Les Salons du Prince
Esa filosofía continúa en 2026 con Les Salons du Prince, la nueva propuesta gastronómica instalada precisamente en los salones históricos próximos al lobby.

Maderas, tapices, pinturas, lámparas de araña, chimeneas y el sonido del piano al caer la tarde recuperan el espíritu de los salones aristocráticos de la Belle Époque. La propuesta evoluciona a lo largo del día, pero quizá lo más interesante sea el propio espacio: estancias concebidas hace más de un siglo para recibir a la sociedad parisina vuelven a convertirse en lugares para comer, conversar y quedarse un poco más de lo previsto. De alguna manera, la antigua residencia vuelve así a hacer exactamente aquello para lo que nace: recibir.
El verdadero valor de un Palace
Quizá la verdadera diferencia de un Palace no esté en aquello que puede añadirse, sino en todo lo que consigue conservar. El Shangri-La de París tiene grandes suites, un servicio impecable, una gastronomía cuidada y unas vistas difíciles de olvidar. Pero su verdadero valor también está en aquello que no se puede medir tan fácilmente.

Está en desayunar sin mirar el reloj en un lugar que todavía conserva el espíritu de una residencia parisina. En nadar bajo la luz natural donde un día estuvieron las caballerizas de Roland Bonaparte. En descubrir que el hotel conoce tus preferencias antes de que tengas que explicarlas. O en asomarte al balcón y contemplar una Torre Eiffel que lleva formando parte de la historia de esta casa desde sus primeros años.
El mármol se puede comprar. El servicio se puede entrenar. La historia, en cambio, necesita tiempo. Y quizá sea ese el lujo más difícil de replicar.
