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El inicio de año suele venir acompañado de un impulso compartido: volver al ejercicio, retomar rutinas saludables y cuidarse más. Enero se llena de propósitos y de motivación, pero también de expectativas altas que, en muchos casos, resultan difíciles de sostener en el tiempo. No tanto por falta de voluntad, sino porque el enfoque con el que se plantean esos objetivos no siempre encaja con la realidad del día a día.
Con el paso de las primeras semanas, muchas personas empiezan a notar cómo ese entusiasmo inicial se diluye. Aparecen el cansancio, la falta de tiempo o la sensación de no estar “cumpliendo” como se esperaba. Es en ese punto —antes de que llegue el abandono— donde cobra sentido replantear la forma en la que entendemos el ejercicio: no como un reto puntual de enero, sino como un hábito que debe acompañar todo el año.
Para entender por qué ocurre este abandono temprano y cómo evitarlo, hemos hablado con Clara Verduch, fundadora de Club Barre, que desde su experiencia como entrenadora y formadora acompaña a diario a personas que buscan una relación más sostenible con el ejercicio. A partir de su trayectoria y de las dinámicas que observa cada comienzo de año, nos comparte una serie de claves para mantener la constancia en el entrenamiento más allá de enero.

La constancia no nace de la motivación, sino de decisiones realistas
Uno de los errores más habituales al empezar el año es confiar en que la motivación será suficiente para sostener una rutina de ejercicio en el tiempo. Desde la experiencia profesional de Clara Verduch, la motivación es un punto de partida, pero no un motor fiable a largo plazo.
“La motivación va y viene. La constancia, en cambio, se construye cuando el entrenamiento se adapta a tu vida real, no cuando intentas forzarla.”
Por eso, uno de los primeros consejos para mantener el ejercicio más allá de enero es ajustar las expectativas desde el inicio. No se trata de entrenar todos los días ni de hacerlo siempre al máximo, sino de encontrar una frecuencia asumible que pueda mantenerse incluso en semanas más exigentes.
Menos exigencia, más continuidad
Otro de los factores que suele provocar el abandono temprano es la autoexigencia excesiva. Empezar el año entrenando con una intensidad que no se corresponde con el nivel real de cada persona genera agotamiento físico y mental en pocas semanas.
“Entrenar no debería sentirse como un castigo ni como una deuda pendiente. Cuando el ejercicio se vive desde la exigencia extrema, es cuestión de tiempo que aparezca el rechazo.”
Reducir la presión y entender el entrenamiento como una forma de cuidado permite construir una relación más sana con el movimiento. Desde este enfoque, no pasa nada si una semana se entrena menos o si algún día el cuerpo pide bajar el ritmo. La continuidad se construye precisamente desde esa flexibilidad.

Escuchar al cuerpo también es entrenar
Mantener la constancia no significa repetir siempre la misma intensidad ni ignorar las señales del cuerpo. Muy al contrario: una de las claves para sostener el ejercicio en el tiempo es aprender a adaptar cada sesión al nivel de energía real.
“Escuchar al cuerpo no es rendirse. Es una forma de entrenar con más inteligencia y de evitar el abandono a medio plazo.”
Las disciplinas de bajo impacto y el trabajo consciente permiten ajustar el entrenamiento sin renunciar a la eficacia. Esta capacidad de adaptación refuerza la adherencia al ejercicio, ya que elimina la sensación de no estar “a la altura” que tantas veces conduce a dejarlo por completo.
Integrar el ejercicio en la vida real
Para que el entrenamiento no se quede en un propósito de enero, debe encajar en la vida tal y como es, no en una versión idealizada de la rutina. Jornadas largas, semanas intensas o momentos de menor energía forman parte de la realidad de muchas personas.
“El ejercicio no tiene que competir con tu vida, tiene que acompañarla. Si no encaja en tu rutina real, es muy difícil que se mantenga.”
Plantear el movimiento como un hábito flexible, que se ajusta a cada etapa y momento vital, permite sostenerlo más allá de los primeros meses del año. No se trata de empezar de cero cada enero, sino de continuar, reajustar y seguir avanzando sin la presión de hacerlo perfecto.
Mantener el ejercicio más allá de enero no depende de fuerza de voluntad ni de cumplir un plan perfecto. Depende, sobre todo, de cambiar la manera en la que nos relacionamos con el movimiento. Cuando el entrenamiento se plantea desde la escucha, la flexibilidad y el respeto por los ritmos reales, deja de ser un propósito puntual para convertirse en un hábito que acompaña durante todo el año.

La constancia no se construye a base de semanas impecables, sino de continuidad, incluso en momentos menos ideales. Entender el ejercicio como una forma de cuidado —y no como una exigencia— permite sostenerlo en el tiempo sin culpa ni frustración. Porque cuidarse no es empezar cada enero con más fuerza, sino aprender a seguir, ajustando y avanzando, mes a mes.
*Imágenes: Pexels y cortesía